Prólogo de Garzón al “Judas” de Bosch

LISTIN DIARIO
Tony Raful
- 10/20/2009

Cuando leí por vez primera la obra: “Judas Iscariote, el calumniado”, del profesor Juan Bosch, quedé prendado por el enfoque histórico, por la prosa impecable, por el uso adecuado de las imágenes bíblicas, pero sobre todo por la maestría del autor, al asumir la defensa de una figura condenada sin juicio por toda la eternidad, símbolo de la traición más abyecta.

Éramos niños cuando celebrábamos la quema de la efigie de Judas Iscariote en el parque Ramfis frente al mar.

No sabíamos qué era lo que ardía en el fuego eterno del castigo divino, apenas llamas que devoraban su rostro sugerido, su ignominia absoluta. El Juez español Baltasar Garzón, cuya proeza de sometimiento y detención del tirano chileno, Augusto Pinochet, hace algunos años, convirtió su nombre en un valor ético y su conducta en un ejercicio de responsabilidad y coraje, acaba de escribir el prólogo para una nueva edición española, que fue puesta a circular en nuestro país en un acto encabezado por el presidente Leonel Fernández con la asistencia de intelectuales y amantes de la cultura.

El juez Garzón, en el prólogo de “Judas Iscariote, el calumniado”, hace algunas indicaciones de sumo interés: “A pesar de los intentos como el de Bill Klassen que afirman y demuestran que el evangelio más antiguo (el de Marcos) no identifica a Judas como traidor ni como ladrón (como lo hace Juan), lo cierto es que para la tradición cristiana, basándose en los evangelios posteriores y en la tendencia antisemita de los intérpretes, Judas es el prototipo universal de la traición.

A lo largo de la historia, toda la iconografía cristiana ha representado a Judas de la misma forma, sin hacer reflexión alguna de lo que pudo suceder y sin conceder a aquél, posibilidad alguna de salvación, aunque fuera limitada.

Ser un Judas o dar el beso de Judas, durante siglos y hasta nuestros días, es el sinónimo de todo acto de apuñalamiento por las espaldas, abusando de la confianza de la víctima”.

Garzón anota el hecho subrayado por Bosch en su ensayo de que el papel de la entrega de Jesús a las autoridades romanas era un corolario de un plan divino previamente trazado e incluso enunciado, el propio Jesús había dicho: “uno de vosotros me traicionará”, con cuya afirmación Jesús estaba revelando el desarrollo de los acontecimientos y comprometiendo a uno de los discípulos en la ejecución de esa fase del plan, que era su detención y posterior juicio, en el suplicio más doloroso, para pasar de la transición humana a la divinidad, creando las bases para el surgimiento de un movimiento religioso de redención y salvación de las almas que trascendiera los tiempos históricos.

Garzón afirma que Judas fue un instrumento necesario, y de no haber sido él hubiese sido otro. Había una necesidad de la traición y un traidor que debía simbolizar la entrega de Jesús a las autoridades.

La pregunta esencial es determinar, si Jesús que ya sabía que iba a ser entregado a sus verdugos a través de Judas, ¿no le advirtió a Judas lo que esto significaría para su alma? Y si no lo hizo y dejó que transcurriera la acción delatora, ¿no estaba Judas cumpliendo una misión asignada como instrumento para que se cumpliera la palabra divina? ¿Y si estaba cumpliendo un mandato y no debía rehuir esa misión, cuál es el grado real de culpabilidad, si todo el tramado de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, estaba previsto, sujeto a coordenadas que gravitaban sobre la voluntad de decidir, de escoger, de elegir traicionar o no traicionar al Señor? Garzón llama la atención sobre las últimas palabras dichas por Jesús, pronunciadas en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, señalando que Jesús estaba pidiendo perdón no solamente por quienes lo crucificaron sino también por los inductores y delatores como Judas, lo cual no justifica la permanencia de la condena de Judas, cuyo perdón pidió el Señor cuando rogó por el perdón de todos ellos, que no “saben lo que hacen”. Evidentemente que Judas no sabía lo que hacía y si acaso lo sabía, entonces era parte de una gestión previamente coordinada para facilitar la transición del sufrimiento y el escarnio a la divinidad. Garzón hace acopio partiendo de Bosch, de algunos factores concurrentes que pudieron afectar el destino de Judas, por ejemplo, que la condenación de Judas fue el producto de las luchas internas por el poder, que se desataron en el círculo de los elegidos, los apóstoles, ya que la posición de Judas, como tesorero era influyente, y frente a la ausencia física de Jesús, se creaba la pugna por los relevos de dirección de la nueva doctrina de salvación, y por el otro lado la actitud de la Iglesia responsabilizando al pueblo judío como responsable de la tragedia, y en Judas al símbolo eterno de la traición.

Dice Garzón que si Judas no entrega a Jesús, de todas maneras se iba a producir el drama de su detención, juicio y sacrificio, por lo que el papel de Judas no es trascendente ni necesario para que se produjeran los acontecimientos. El prólogo de Baltasar Garzón es una exquisitez intelectual florecida sobre una obra como la de Bosch, escrita y fundamentada en el espíritu critico de la observación y el análisis. Garzón hablando de Juan Bosch, concluye su prólogo: “Uno de los homenajes más hermosos que le podemos ofrecer es leer este libro y acercarnos al pensamiento de este visionario que hizo de la crítica y de la duda racional un instrumento indispensable para la acción científica y de gobierno”.

La sensación de que nada es inalterable y de que todo puede y debe ser cuestionarse, mucho más cuando de la construcción de la Historia se trata, es algo que da fundamento a nuestras vidas, aunque la discusión que se proponga se refiera a uno hechos ocurridos hace dos mil años, pero cuyas consecuencias todavía rigen muchos caminos y proyectos…

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