Destruyamos creativamente la crisis

Revista Mercado

Recientemente, el Presidente de la República Dominicana, doctor Leonel Fernández Reyna, exhortó a los países del mundo, especialmente a los Estados Unidos, a provocar una “destrucción creativa” como salida a la crisis económica global. Cuando hablaba, Fernández citaba sabiamente al pensador Joseph Schumpeter (1883-1950), quien acuñó el término, aparentemente paradójico de la "destrucción creativa", que generaciones de economistas posteriores han adoptado como una breve descripción de la manera desconcertante y alocada con que el libre mercado acarrea el progreso de los pueblos.
En su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1942), el economista austriaco escribió: “La apertura de nuevos mercados, nacionales o extranjeros, y el desarrollo organizacional logrado desde la producción de artesanía rudimentaria hasta el advenimiento de la industria de acero en EE.UU, ilustran el mismo proceso de mutación industrial -si se me permite usar esta expresión biológica- que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo la antigua sin cesar, y continuamente creando un nuevo sistema. Este proceso de destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo”. (p. 83)
Aunque Schumpeter sólo dedicó un capítulo de algo más de 6 páginas para describir "El proceso de destrucción creativa", en las que dibuja al capitalismo como "el vendaval perenne de la devastación ingeniosa"; este término se ha convertido en la pieza central del pensamiento moderno sobre la evolución de las economías.
Schumpeter y los economistas que adoptan su breve resumen sobre las críticas constructivas e incesantes al modelo capitalista, reconocen que la pérdida de empleos, la quiebra de empresas, el desvanecimiento de industrias y la fuga de capitales son partes inherentes de “un sistema en crecimiento”. La salvación viene de reconocer el bien que proviene de la desconcertante conmoción y del desastre. Las sociedades que permiten que la destrucción creativa sacuda sus cimientos, con el tiempo se vuelven más productivas y ricas, sus ciudadanos disfrutan los beneficios de nuevos y mejores productos, de semanas de trabajo más cortas, mejores empleos y una mejor calidad de vida.
Aquí radica la paradoja del progreso. Una sociedad no puede cosechar los frutos de la destrucción creativa sin aceptar que algunos individuos podrían quebrar, no sólo en el corto plazo, sino incluso para siempre.
Al mismo tiempo, los intentos de suavizar los aspectos más duros de la destrucción creativa, al tratar de preservar los trabajos o protegiendo a las industrias, conducirán irremediablemente al estancamiento y la decadencia, o sea que sería un cortocircuito en la marcha del progreso.
Los términos duros de Schumpeter nos recuerdan que los dolores de parto que provoca el capitalismo y las ganancias son indisociables. El proceso de creación de nuevas industrias no seguirá adelante sin antes barrer el orden establecido, preexistente.
La industria del transporte de EE.UU proporciona un dramático ejemplo en curso de destrucción creativa en el trabajo. Con la llegada del motor de vapor en el siglo XIX, los ferrocarriles surcaron los Estados Unidos, ampliando los mercados, reduciendo los costos de envío y creando nuevas industrias, mientras proveía millones de nuevos empleos productivos.
Luego, el motor de combustión interna abrió el camino al automóvil, a principios del siglo pasado. La prisa de poner en marcha a América sentó las bases de nuevas empresas; Hubo un momento, en la década del 1920, en que la industria automotriz contaba con más de 260 fabricantes de automóviles.
La onda expansiva de este sector derramó la fiebre del oro negro, el auge del turismo, del entretenimiento, y del comercio minorista, entre otras industrias. No obstante, en el apogeo la era automotriz, arremetió el rápido y brusco despegue de la industria aérea, provocando, con el aletear de sus alas de acero, el supersónico estallido de nuevas empresas y puestos de trabajo.
Los estadounidenses se beneficiaron mientras los caballos y las mulas le abrían paso al camino del futuro, representado en los poderosos caballos de fuerza de los motores Ford y la reacción de las turbinas, pero este gran auge no se logró sin la devastación.
Cada nuevo modo de transporte ha tenido un alto costo en puestos de trabajo e industrias existentes. En 1900, en ese país trabajaban 109.000 obreros en la industria de carga y transporte. Y ya en 1910, 238.000 estadounidenses laboraban como herreros.
Hoy en día, esos trabajos son en gran medida obsoletos. Después de que se anularan canales y otras formas de transporte, el ferrocarril perdió la carrera en su competencia con los coches, los camiones de largo recorrido, y los aviones.
En 1920, 2,1 millones de estadounidenses se ganaban el sustento trabajando para los ferrocarriles, en comparación con menos de 200.000 que trabajan en la vía férrea en actualidad.
Lo que ocurrió en el sector del transporte se ha repetido de una industria a otra, sin cesar, y en muchos casos, varias veces en un mismo sector. La destrucción creativa reconoce el cambio como una constante del capitalismo.
En 1900 los oficios de cerrajeros, albañiles, y mineros se encontraban entre las treinta principales ocupaciones de América. Un siglo después, ya no figuran ni siquiera entre los primeros treinta; Estos han sido sustituidos por técnicos, médicos, ingenieros, científicos de la informática, entre otras profesiones.
De modo que también la tecnología irrita a los mercados de trabajo, factor que hace referencia a la frase muy usada por Schumpeter de "desempleo tecnológico".
Los e-mails, procesadores de texto, contestadores automáticos, y otras tecnologías de oficina moderna han reducido el número de secretarios, pero con el mismo ímpetu han elevado el número de programadores. El nacimiento del Internet trajo consigo una necesidad de cientos de miles de webmasters, una ocupación que no existía en una época tan reciente como 1990.
La cirugía LASIK a menudo permite a los consumidores botar sus anteojos, reduciendo las visitas a los optómetras, pero incrementa la necesidad de oftalmólogos. El auge de las cámaras digitales ha traído como consecuencia la ruina de los laboratorios fotográficos, pero ha provocado la necesidad del Photoshop, un programa que ha revolucionado considerablemente la industria gráfica.
Las empresas muestran el mismo patrón de destrucción y renacimiento. Sólo cinco de las cien entidades públicas más grandes de la actualidad, se encuentran entre las cien industrias más grandes que operaban en 1917. Como también la mitad de los cien principales emporios que había en 1970 han sido sustituidos por corporaciones emergentes, que ocuparon sus puestos en el ranking del 2000.
"Para discernir la mecánica del capitalismo el punto esencial es intuir que se trata de un proceso evolutivo", sentenció Schumpeter (p. 82).
La pregunta del millón sería si a estas alturas, podría ya, el capitalismo moderno, que agota una fase avanzada, encontrar una entidad comercial alterna, o en el mejor de los casos suplente de las bolsas de valores, por si acaso estas colapsan, o lo que es menor, reformar el sistema financiero norteamericano, sector dónde se originó la crisis global actual.
Bueno… De acuerdo con el secretario del Tesoro de EE. UU, Tim Geithner, el sistema financiero ha recuperado su fortaleza, por lo que el gobierno se prepara para redefinir su estrategia de reforma.
Sin embargo, los líderes del G 20, las naciones más poderosas del mundo, afirman que la principal lección que dejó la quiebra de los bancos de inversión -como es el caso de Lehman Brothers- a los gobiernos, es clara: regular contra cualquier crisis futura es inútil.
Pese a que se han hecho reformas en el sistema, nada garantiza que se pueda evitar otra quiebra como la de Lehman. Lo cierto es que la actual crisis financiera que vive el mundo mostró una de las facetas más perversas de esa “destrucción creativa” de los mercados de valores que enfrenta el capitalismo.

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