El Estado y el desarrollo


LISTIN DIARIO

Julio Ortega Tous - 10/6/2009



La frase "laissez faire, laissez passer" es una expresión francesa que
significa "dejad hacer, dejad pasar", refiriéndose a una completa libertad en la
economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre
mercado laboral, y mínima intervención de los gobiernos.


¡El problema es el gobierno! Ese fue el lema de las políticas económicas desde fines de los años 70. “Menos Estado y más mercado” se escuchaba en las propuestas de gobiernos y organismos internacionales. Ese liberalismo y “laissez faire” fue característico del capitalismo en el siglo XIX y principios del XX. Según el mismo, la “libertad económica” conduciría a una sociedad más armoniosa e igualitaria y al aumento indefinido de la prosperidad. El orden espontáneo sería generado por la “mano invisible” que conduce a los individuos a que sigan su egoísmo particular. Pero no sucedió así. Las primeras sociedades capitalistas del mundo conocieron un proceso contrario.
El “egoísmo particular de los individuos” condujo a un sistema de concentración de la riqueza y desigualdades sociales crecientes. Las “guerras sociales” amenazaban con destruir al propio sistema. Entre las condiciones de miseria generalizada entre los trabajadores de mediados del Siglo XIX, y esas mismas condiciones previo al estallido de la I Guerra Mundial en Europa en 1914, no había grandes diferencias. Sin embargo la riqueza del capital se había multiplicado exponencialmente. Ni que decir de los trabajadores de los países entonces llamados coloniales. En Asía las hambrunas eran “normales”. Ni que decir en el África colonial, en el Congo “belga”, en la Sudáfrica de los “Afrikáner” y la América Latina de las “Bananas Republics”.
El colapso que produjo la I Guerra Mundial precipitó la primera revolución socialista de la historia: la revolución rusa de 1917. En la Conferencia de Versalles de 1919, donde se establecieron los acuerdos de la post-guerra, nació la primera organización intergubernamental que trató de poner reglas para “regular” el liberalismo respecto a los temas del trabajo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) impuso la primera y más importante conquista laboral que perdura hasta hoy: la jornada de 8 horas diarias y máximo 48 horas semanales. El fortalecimiento de los movimientos obreros y revolucionarios como resultado de la revolución rusa, indujo un cambio muy importante en el pensamiento económico internacional. Un joven economista, miembro de la delegación británica en la Conferencia de Versalles, John Maynard Keynes, comenzó a desafiar el pensamiento liberal y proponer que el Estado debe tener una intervención pro-activa en los mercados, regularlos, estimularlos e impedir el “laissez faire” del periodo anterior, a costa de destruir el propio sistema.
Su expresión política estuvo en los partidos socialdemócratas europeos que abandonaron el marxismo a raíz de la revolución rusa y el surgimiento de los partidos comunistas. Gobiernos socialdemócratas y keynesianos fueron desde entonces la regla. Primero en Estados Unidos, con el “New Deal” del Presidente Roosvelt a partir 1933, y posteriormente los gobiernos de los “Frentes Populares” en Francia y España, los laboristas en Gran Bretaña y los socialdemócratas en los países nórdicos. Así surgió un pensamiento económico y social que asignaba un rol regulador e interventor al Estado en las economías capitalistas del mundo. Se crearon sistemas fiscales fuertes que permitieron sustentar redes de protección social aún más fuertes. La seguridad social se universalizó. Los beneficios sociales a los trabajadores permitieron integrarlos al mercado y alejar la amenaza revolucionaria.
Con el fin de la II Guerra Mundial ese sistema se amplió. El mundo comenzó su descolonización y se creó un “pensamiento para el desarrollo” de los países coloniales. Instituciones como el Banco Mundial, y los bancos regionales de desarrollo tuvieron esa tarea a su cargo. El pensamiento del “desarrollismo” vino acompañado con la asignación de un importante papel al Estado, como promotor del desarrollo y creador de empresas de todo tipo, que la débil burguesía local era incapaz de promover. En América Latina el pensamiento desarrollista estuvo liderado por un gran economista argentino, Raúl Prebisch, que organizó la “Comisión Económica para América Latina” (CEPAL) de las Naciones Unidas. La CEPAL creó todo un sistema de ideas con el fin de fomentar el mercado interno y proteger las economías regionales de la competencia externa de los países desarrollados y las multinacionales.
Como consecuencia del triunfo de nuevo liberalismo económico a partir de 1979, con el advenimiento del gobierno de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y de Ronald Reagan en Estados Unidos, el cepalismo en América Latina, y el keynesianismo socialdemócrata, fue siendo progresivamente desmontado. El gigantismo estatal creado hasta ese momento justificó las privatizaciones y la desregulación en Europa y Norteamérica, y el desorden fiscal y monetario que conllevó a la hiperinflación, justificaron en América Latina la adopción del neoliberalismo en nuestra región. El llamado “decálogo del Consenso de Washington”, formulado en 1989 y adoptado por los organismos financieros internacionales, fue impuesto en muchos países de América Latina, devino en la fórmula para desmontar la intervención del Estado en la región.
En la actualidad esos postulados se han ido a pique. Han colapsado completamente con el estallido de la crisis financiera y económica global de 2008, hija directa del neoliberalismo. Los gobiernos de los países desarrollados, no importa sean socialdemócratas o conservadores, intervienen masivamente para salvar sus sistemas financieros, grandes empresas industriales y estimular la actividad económica. El “pensamiento para el desarrollo” ha sido también impactado. El FMI y Banco Mundial abandonan el neoliberalismo y abrazan repentinamente políticas intervencionistas, propician déficits fiscales mediante mayor gasto público, y un rol mucho más activo del Estado en la economía. La pregunta debería ser para nosotros: ¿Le seguimos atrás a la nueva moda? ¿De neoliberales pasamos a neokeynesianos? Pensamos que esta coyuntura debe hacernos reflexionar, como región y como nación, sobre qué es lo que más nos conviene. Crear un pensamiento político, social y económico que responda a nuestras necesidades de lograr el bienestar, terminar la pobreza, lograr equidad social y romper los lazos de dependencia. ¿Cuál es ese sistema? A nosotros de repensar el mundo y crear nuestro propio sistema de pensamiento, latinoamericanista, en el cual el Estado debe tener un rol mucho más pro-activo en el desarrollo económico y social.

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