¿Fracaso del socialismo democrático?


Tony Raful - Listin Diario

La izquierda democrática y el socialismo democrático no tienen el mismo significado ideológico, político e histórico, y puede provocar confusión, a la hora de examinar el proceso actual latinoamericano.

La llamada izquierda democrática, fue una denominación adjudicada a un conjunto de líderes democráticos que luchaban en el contexto de los años 40 y 50 del siglo pasado, contra las dictaduras unipersonales, de vieja data, que se habían instalado en numerosos países caribeños y sudamericanos, como consecuencia de la vieja política de expansión, dominación y salvaguarda de esas naciones de parte de Estados Unidos, como corolario del peligro enunciado de una posible expansión soviética, rememorando como zapata doctrinaria, en el hilo conductor del tiempo histórico, la “Doctrina de Monroe” y el concepto de, “América para los americanos”, recurso doctrinario frente a la penetración europea en el siglo XIX. Bajo esa idea nuestros pueblos fueron considerados “repúblicas bananeras”, y en medio de caos, del desconcierto y hasta de la resistencia patriótica, surgieron los “hombres fuertes”, despiadados, centralizadores y despóticos que bajo la égida de símbolos autoritarios gobernaron gran parte de las naciones americanas.

A finales de los años 40 y en toda la década de los 50, empezó a percibirse como desfasado el viejo modelo de dominación dictatorial. Fue así como surgió una especie de frente amplio de luchadores por la democracia, encabezado por hombres como Víctor Raúl Haya de la Torre, ideólogo peruano que había alcanzado nombradía teórica por su profundidad ideológica en los años 30, cuando enfrentó la tesis de Lenin, de que el imperialismo era la última fase del capitalismo, indicando en base a estudios de la realidad latinoamericana, que en Indo América (como rebautizó al continente por el peso indigenista de su composición étnica y social), el imperialismo era la primera fase del capitalismo.

Para Haya de la Torre, el escaso o nulo desarrollo de las fuerzas productivas, el estado semifeudal de vastas zonas del continente, la disfuncionalidad de las instituciones del Estado, copiadas del modelo colonial, y sobre impuesto por la transferencia de la modernidad capitalista, indicaba que la dominación imperialista precedía a la expansión económica del desarrollo.

Víctor Raúl tenía todas las condiciones del liderazgo para convertirse en la figura de mayor relieve político de América, pero el infortunio y la mala suerte (el azar como categoría histórica) frustraron y disminuyeron su espectro e influencia en el porvenir, hasta el grado que los militares peruanos, producto de la llamada “matanza de la ciudad de Trujillo”, de Perú, sublevación de los seguidores de Haya de la Torre que culminó en la muerte violenta de docenas de militares y policías, jamás permitieron su acceso al Poder, condenándolo de por vida al ostracismo y la persecución.

Pero hubo otros líderes de la izquierda democrática como Rómulo Betancourt, de Venezuela, José Figueres, de Costa Rica, Juan Bosch, de Santo Domingo, Luis Muñoz Marín, de Puerto Rico, Juan José Arévalo, de Guatemala, que desempeñaron un rol significativo en la lucha contra las dictaduras.

Sus principios ideológicos estaban en consonancia con los cambios democráticos y los programas de justicia social con libertad. Eran demócratas y tenían cercanía con los llamados liberales norteamericanos que propiciaban políticas de confrontación con tiranos como Trujillo, Somoza, Stroessner, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Batista, entre otros.

Esa izquierda democrática quedó prácticamente disuelta con el triunfo de la revolución cubana y la polarización ideológica que ella comportó en el continente, obligando a algunos líderes de la izquierda democrática, por razones de contingencia a alinearse en posiciones extremas o a perecer como fue el caso de Bosch en Santo Domingo, por su lealtad a sus ideas democráticas, equidistantes de los grandes bloques, sintetizadas en su frase de que “de rodillas ni ante Washington ni ante Moscú”, en un acto de gallardía política presidencial.

El socialismo democrático no viene de la izquierda democrática, viene de los postulados de la Internacional Socialista en su aplicación de la experiencia del tercermundismo o de los países en vía de desarrollo, y fue asumida y proyectada en América Latina, por José Francisco Peña Gómez.

Constituyó el motor solidario de la gesta sandinista, y apoyo vibrante a la lucha salvadoreña, fue el eje ideológico de los cambios democráticos mediante elecciones y se constituyó en baluarte de defensa de los derechos humanos y en factor de unidad para la búsqueda de negociaciones de paz, en alianza con sectores liberales del poder norteamericano.

Las actuales experiencias gobernantes latinoamericanas, en su diversidad y tonalidad plural, son reflejos o expresiones del socialismo democrático, y todas son válidas, desde la más exitosa de todas, la brasileña hasta la compleja e histórica versión de un indio gobernando Bolivia reivindicando un derecho prosternado y vilipendiado por centurias.

En todo caso, la mayoría por no decir casi todos lo que pertenecieron a la izquierda democrática, terminaron desdiciéndose de su valores fundamentales, salvo el caso de Bosch, el único cuya profundidad teórica puede igualarse o superar a Haya de la Torre.

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